lunes, 26 de mayo de 2008

Obispos viudos

Cañizares y Rouco se sienten dos forajidos con hostias en las alforjas. Vienen de la Santa Sede alentados por el Papa, y se echan a los mircófonos a decir que en España existe la tentación, como en el siglo pasado, de declarar la muerte de Dios y que, en este país, antaño faro de Occidente, no hay libertad religiosa, se agravia a la Iglesia Católica y vamos sin remedio hacia el relativismo. Ven más urgente que nunca la labor evangelizadora.

Sin saber de derecho ni haber catado insidias de la Curia, digo yo que la libertad religiosa empieza por dejarte aleccionar a la grey, como de hecho se le permite a esta organización a través de los colegios privados, concertados y públicos, de los medios siempre prontos a recibir las repetidas andanadas de la Conferencia Episcopal y de la permanencia de una (o más) de sus sucursales en toda, por minúscula que sea, población de esta Tierra de Dios, hoy tan sin camino.

Con el expediente cubierto de la libertad religiosa parece suficiente para que no protesten más, pero lo hacen. Entonces rebuscas y te das cuenta de que no sólo gozan de libertad, disfrutan de privilegios que el resto de religiones (por no ser mayoritarias) no ostentan. Puedes cederle dinero en la declaración de la renta, por lo oficial; lo piden abiertamente por radio y televisión; tienen derecho a tomar las calles de las ciudades tantas veces desean para pasear sus imágenes; poseen derecho de nómina y de paro sobre los docentes de religión, aunque sean pagados con dineros públicos; no toleran otras formas de vida o agrupación que no sean las impuestas por sus preceptos (tan interpretables, ay, San Anselmo) e impelen a sus fieles a manifestarse, revolverse y aun a negar el pan y la sal a quien difiera por homosexual, por separado, por ser incluso de la Teología de la Liberación. La Iglesia que sanaba heridas era la que se iba al Pozo o a Zaire con un cetme en la sien, tan lejos de Roma.

El siglo pasado estuvo la tentación de declarar la muerte de Dios. No todos nos levantamos en orgías de vino y sexo, con pífanos y Beethoven retumbando en las catacumbas, no pasamos la resaca Nietzscheana para ver con claridad que el vecino del quinto ya no sale nunca a la compra, no se le ve desde hace 2000 años, y hay extrañas estrategias en sus allegados. Todo eso no lo hicimos porque desde la misma aparición de dicha tentación, La Iglesia Católica, cuando había libertad religiosa en España, ahora no podría la pobre, se dio la mano con el poder atávico y sojuzgó con mano de hierro a la gente haciendo ley penal de sus mandamientos.

Ya no existe la tentación, no es que declaremos la muerte de Dios, es que tenemos la certeza de que han enviudado antes de vergüenza.

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