Aristocracia literaria
Los escritores suelen ser ególatras, infantiles y mezquinos. Flatulencias de ego abomban sus vientres y eso les causa molestias, los hace despectivos y acolmillados con los demás. Una gola untada, una baba de párrafos leídos, un marquito de alpaca para la voz propia, se les cuela por las preposiciones, por las pausas, por los tramos más pedestres de la conversación. El éxito es independiente de la gilipollez del escritor.
Esto es, claro está, una generalización tópica e injusta, pero esto es un blog sin ansias de futuro. Como la generalización necesita una excepción, sigo: hay escritores a los que te llevarías a una isla desierta. No sólo socialmente aceptables, escritores que no hacen de su oficio su imagen ni devoran a la multitud para su literatura.
Dos ejemplos de escritor transitable fuera de texto son Cristina Gálvez y Tomás Conde. Inteligentes, educados, sobrios. Con sentido del humor habitual: él se congela a menudo en la sonrisa, ella ríe clara. Delegan de la cita y de la altura, a pie llano sobre el sentido común. Dos jóvenes simpáticos y alegres que hablan con naturalidad de cualquier tema, que bien podrían ser un fresador y una homeópata naturalista, pero que a veces, en una opinión, en un razonamiento, hacen una frase tectónica y sencilla que desbanca y los admiras, los envidias.
No son escritores partidarios, pasan de la trinchera, no tienen juntas numerarias que los paniaguen, no afilan dagas en los sardineles editoriales. Se ganan la vida como pueden mientras hacen carrera extraliteraria, porque hacerla literaria implica empezar a rodar por vías de servicio. Tomás termina su tesis sobre revisión de traducciones y Cristina vendrá en dos meses del Ecuador profundo con un proyecto antropológico en ciernes.
No carecen de ego, ni dejan de ser líricos, pero se les han caído los ídolos de la boca, las Venus de Milo postmodernas se las pasan por el forro, son exigentes con el valor de sus textos y éticos con su papel de escribidores, te cuentan lo de la docena de premios, lo de la presentación en Malasaña, lo del estreno teatral de Almansa, lo suyo y lo de su primo, y más parece que vengan de poner las lentejas remojadas que de ribetear versos, y hay en ese momento una decencia y un buen gusto en las maneras, que sólo la aristocracia literaria se puede permitir.
jueves, 22 de mayo de 2008
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