jueves, 29 de mayo de 2008

Enésima sentimentalidad

Ya hace años que la publicidad es mejor que la programación. Los anuncios de calidad comprimen el golpe de la imagen y la densidad lírica. Es la única grieta por la que entra lo moderno y lo limpio, acaso sólo sucias las suelas de los zapatos, en la televisión. Porque los blogs ya arden la publicidad desde la noche de los tiempos del módem.

Además es la picota del reciclaje y de la herencia. La música clásica tiene su único aforo cumplido en estos cuentos/poemas/cortometrajes/performances y visten la épica y el patetismo. A veces dan ganas de que Isolda reaparezca. Por lo bajo y como botón de muestra, recuerdo un anuncio de Vodafone acompañado de la rapsodia húngara nº 2 de Liszt que animaba a saltar del sofá, desairando la cena, e intentar con la novia por el talle valses espídicos que, por razones de supervivencia sentimental, fui capaz de reprimir a tiempo.

Últimamente se han ido a por los mitos del siglo XX: un anuncio de Seat con texto de Cortázar, otro del que no recuerdo el producto con letra de Lenon; esta semana Citroën versiona Blowin´ in the Wind. Todos tótems de la contra, lares del otro mundo mejor que mi generación ha bajado del retablo a la ecología, el 0,7 y el voluntariado.

Pero igual les ha escocido y no ha faltado quien se rasgue las rastas por prostituir a los maestros. Yo creo que les han hecho publicidad y que se revuelven en la tumba; pero como no tienen billete de vuelta, mejor que algún alma fértil levante las orejas al oír «tú eres el regalado» en la voz de belgicano y que por ahí tire del cabo, quién sabe.

El último anuncio/obra es el de Repsol y los tatuajes (http://es.youtube.com/watch?v=BwpWWRQyjts), con un guión bueno y sencillo que tiene sus efectos. Los dibujos en la piel son estupendos y, como una revolera al final de tanda, dejan la atención virada y queda, porque estos sí han sabido engancharse al trineo y apelan al futuro al que nos acompañarán. No utilizan los mitos de la contra, aspiran a un sacerdocio ofidio y vampiro.

Pero siempre ha habido clases y los hay que apelan a una sentimentalidad de formica recurrente, cotidiana con lentejuelas y tres pistas. Porque lo último de Endesa (http://es.youtube.com/watch?v=TjNugBtGK3U) saca a estos niños paternales, límpidos y revolucionarios, a lomos de elefantes camino de Saturno. ¡Qué lejos de la juerga de Ikea: «esto no se hace (…) me vas a dar un disgusto…!». Y para los hijos de mis hijos: se queda uno más con la sensación del grillete del recibo de la luz que de perpetuación del Homo Ludis.

lunes, 26 de mayo de 2008

Obispos viudos

Cañizares y Rouco se sienten dos forajidos con hostias en las alforjas. Vienen de la Santa Sede alentados por el Papa, y se echan a los mircófonos a decir que en España existe la tentación, como en el siglo pasado, de declarar la muerte de Dios y que, en este país, antaño faro de Occidente, no hay libertad religiosa, se agravia a la Iglesia Católica y vamos sin remedio hacia el relativismo. Ven más urgente que nunca la labor evangelizadora.

Sin saber de derecho ni haber catado insidias de la Curia, digo yo que la libertad religiosa empieza por dejarte aleccionar a la grey, como de hecho se le permite a esta organización a través de los colegios privados, concertados y públicos, de los medios siempre prontos a recibir las repetidas andanadas de la Conferencia Episcopal y de la permanencia de una (o más) de sus sucursales en toda, por minúscula que sea, población de esta Tierra de Dios, hoy tan sin camino.

Con el expediente cubierto de la libertad religiosa parece suficiente para que no protesten más, pero lo hacen. Entonces rebuscas y te das cuenta de que no sólo gozan de libertad, disfrutan de privilegios que el resto de religiones (por no ser mayoritarias) no ostentan. Puedes cederle dinero en la declaración de la renta, por lo oficial; lo piden abiertamente por radio y televisión; tienen derecho a tomar las calles de las ciudades tantas veces desean para pasear sus imágenes; poseen derecho de nómina y de paro sobre los docentes de religión, aunque sean pagados con dineros públicos; no toleran otras formas de vida o agrupación que no sean las impuestas por sus preceptos (tan interpretables, ay, San Anselmo) e impelen a sus fieles a manifestarse, revolverse y aun a negar el pan y la sal a quien difiera por homosexual, por separado, por ser incluso de la Teología de la Liberación. La Iglesia que sanaba heridas era la que se iba al Pozo o a Zaire con un cetme en la sien, tan lejos de Roma.

El siglo pasado estuvo la tentación de declarar la muerte de Dios. No todos nos levantamos en orgías de vino y sexo, con pífanos y Beethoven retumbando en las catacumbas, no pasamos la resaca Nietzscheana para ver con claridad que el vecino del quinto ya no sale nunca a la compra, no se le ve desde hace 2000 años, y hay extrañas estrategias en sus allegados. Todo eso no lo hicimos porque desde la misma aparición de dicha tentación, La Iglesia Católica, cuando había libertad religiosa en España, ahora no podría la pobre, se dio la mano con el poder atávico y sojuzgó con mano de hierro a la gente haciendo ley penal de sus mandamientos.

Ya no existe la tentación, no es que declaremos la muerte de Dios, es que tenemos la certeza de que han enviudado antes de vergüenza.

jueves, 22 de mayo de 2008

Afoto: Cristina Gálvez y Tomás Conde

Aristocracia literaria

Los escritores suelen ser ególatras, infantiles y mezquinos. Flatulencias de ego abomban sus vientres y eso les causa molestias, los hace despectivos y acolmillados con los demás. Una gola untada, una baba de párrafos leídos, un marquito de alpaca para la voz propia, se les cuela por las preposiciones, por las pausas, por los tramos más pedestres de la conversación. El éxito es independiente de la gilipollez del escritor.

Esto es, claro está, una generalización tópica e injusta, pero esto es un blog sin ansias de futuro. Como la generalización necesita una excepción, sigo: hay escritores a los que te llevarías a una isla desierta. No sólo socialmente aceptables, escritores que no hacen de su oficio su imagen ni devoran a la multitud para su literatura.

Dos ejemplos de escritor transitable fuera de texto son Cristina Gálvez y Tomás Conde. Inteligentes, educados, sobrios. Con sentido del humor habitual: él se congela a menudo en la sonrisa, ella ríe clara. Delegan de la cita y de la altura, a pie llano sobre el sentido común. Dos jóvenes simpáticos y alegres que hablan con naturalidad de cualquier tema, que bien podrían ser un fresador y una homeópata naturalista, pero que a veces, en una opinión, en un razonamiento, hacen una frase tectónica y sencilla que desbanca y los admiras, los envidias.

No son escritores partidarios, pasan de la trinchera, no tienen juntas numerarias que los paniaguen, no afilan dagas en los sardineles editoriales. Se ganan la vida como pueden mientras hacen carrera extraliteraria, porque hacerla literaria implica empezar a rodar por vías de servicio. Tomás termina su tesis sobre revisión de traducciones y Cristina vendrá en dos meses del Ecuador profundo con un proyecto antropológico en ciernes.

No carecen de ego, ni dejan de ser líricos, pero se les han caído los ídolos de la boca, las Venus de Milo postmodernas se las pasan por el forro, son exigentes con el valor de sus textos y éticos con su papel de escribidores, te cuentan lo de la docena de premios, lo de la presentación en Malasaña, lo del estreno teatral de Almansa, lo suyo y lo de su primo, y más parece que vengan de poner las lentejas remojadas que de ribetear versos, y hay en ese momento una decencia y un buen gusto en las maneras, que sólo la aristocracia literaria se puede permitir.

jueves, 15 de mayo de 2008

Conferencias moras

La conferencia es el soneto del mundo académico. Así de ceñido se ve el concursante, que puede ser sublime, pero está a un paso de cagarla, pero bien. Es el paseíllo y el escaparate en privilegio. No es la cosa multitudinaria de los congresos, en que, todos a pares, desligan sus ponencias y se muestran. Al conferenciante le han puesto para la tribuna el sonacay por delante, es el protagonista absoluto.

En estos días están dando en el Complejo de el Triunfo unas conferencias sobre literatura marroquí. Escritores de primera plana y arabistas enjundiosos, sabios que enumeran en el folio las quince ideas que van a desarrollar y que le bajan las pulsaciones hasta a la intérprete, que se enfermaba.

Ninguno hizo nada más que leer la entrada de cualquier enciclopedia, dictar un trabajo de primero de filología, malbaratar la entrada más conspicua del BOE. Mas hay a quien los tercetos no espantan.

La escritora Laila Abuzaid (perdonen la trasliteración) puso ironía, pulso, peso y pasodoble a la homilía. Quizá ese estilo tan americano, ese speech que aprendió en Austin (una marroquí menuda y pulcra en el corazón de Texas, qué cosas). Se le notaba la pátina que le faltaba a las gárgolas de biblioteca borgiana. Tal vez sea la cantinela de la inteligencia emocional femenina y por eso conectó mejor con el público, incluso cuando el argentino profesional se irguió a preguntarle si no se sentía víctima del furor de los arabistas sedientos de orientalismo cliché (no la llamó Catilina, a poco estuvo).

Contó como nadie que a ella le tuvo respeto la esfera literaria del moro porque la leyeron en la traducción estadounidense. A uno le da cuerda a la esperanza ver cómo una señora tan encantadora y exquisita como Laila, que escribió cómo se pisotea(ba) a las muejres en Marruecos, ha llegado al cánon (la leen en las ecuelas) desde la versión inglesa, desde una traducción.

Se marcó el soneto, Laila. Hizo técnica y punzó la lagrimita de niños leyéndola al fin en casa (chez moi, decía para referirse a Marruecos, no me digan). Nos dio ganas de leerla a ella y al que venga. Salam Aleikum, Laila.