La noche se cierra sobre las almas propicias como se zampa una boa a un ciervo: lenta, húmeda y obstinada. Así era devorada la tarde al otro lado de la vidriera del despacho, incapaz de alegrar con sus colores el miedo.
El día que deje el cargo, la vida tumultuosa. Se la imagina como los mercadillos reventones y lumpen que visita por campaña. Fantasea con una realidad fragmentada e incomprensible que no tiene límites y se mueve. The hustle and bustle, piensa, y se acuerda de cuando era estudiante y sólo entonces de que le aprietan los zapatos. En los mercadillos las gitanas le ofrecían sólo llanto, pero cuando deje el cargo volverán a ofrecerle mercadería y pretextos, y una mano que le asga fuerte la muñeca y lo arrastre hacia la oscuridad donde mearse encima.
Pero aún no ha vencido la noche, queda largo tiempo. Él está trayendo tantas cosas, nadie se atreverá a negarle eso. Los segundones son legión. Les falta colegiarse, ejercen sin pretensiones tramitando, moviendo las cosas, haciendo bulto y parroquia en los actos públicos y luego, es de ley, hay que arreglarles lo suyo. Él tiene capacidad de liderazgo, es sangre nueva, joven, bien parecido, está esprintado, dicen hasta los adversarios políticos, tan empobrecidos. Él mira la plomada de la vidriera, el dibujo es el escudo de la ciudad, piensa.
No se cierra puertas; todavía tiene mucho camino por delante; es posible que llegue a lo más alto; quién sabe; ya tiene por dónde tirar de los hilos; si su padre lo viera. Pero lo único cierto es que está hueco como estas frases, producto cincelado por la cuota y la trasiega deshonribles. Puro miedo de la mano que lo trinque y se lo lleve por lo oscuro.
lunes, 21 de abril de 2008
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